¿Cuánto pesa tu mochila? Esa que cargas cada día y que no puedes o no sabes soltar. Esa que no solo va llena de kilos de grasa sobrantes, sino también de carencias nutricionales, dolores articulares, inflamación, problemas mentales y cargas emocionales. ¿Tienes una estructura física y neuronal lo suficientemente sólida para transportarla con dignidad? ¿La llevas con ligereza y alegría, o la arrastras con un esfuerzo constante que te provoca dolor, fatiga e incluso depresión?
Todos cargamos una mochila que llenamos y vaciamos a diario. Para algunos se vuelve demasiado grande y pesada, y sin los pilares necesarios para sostenerla, continúan cargándola… hasta que un día tiran la toalla y entran en una fase de fatiga crónica, inflamación, dolor y depresión.

¿Qué hacer para sobrellevarla? Tienes dos opciones: descargarla o fortalecerte para que te pese menos. La mochila que llevamos contiene cargas de distinta naturaleza: físicas, fisiológicas, mentales y emocionales. Para aliviarla es necesario descargar o fortalecer las cuatro dimensiones, ya que entre ellas existe una interconexión profunda y constante.
En cuanto a la mochila física, no es lo mismo pesar 80 kilos con un 35 % de grasa corporal y un 30 % de masa muscular que pesar lo mismo con un 10 % de grasa y un 55 % de masa muscular. En el primer caso, la persona transporta 28 kilos de tejido graso con apenas 24 kilos de músculo; en el segundo, solo carga 8 kilos de grasa y cuenta con 44 kilos de masa muscular. Para este último, el peso resulta llevadero: sus pilares musculares están reforzados y le permiten caminar, saltar, correr y desenvolverse con soltura y eficiencia en las actividades cotidianas. ¿Disponemos de la suficiente masa ósea y muscular para transportar tanto tejido graso subcutáneo y tanta grasa visceral cada hora, cada día, cada mes, cada año y así toda la vida? A todo ello hay que sumar las lesiones que arrastramos, algunas ya cronificadas, que nos limitan a la hora de mantener un ritmo de vida pleno, alegre y activo: desgastes articulares, hernias, roturas tendinosas, amputaciones, heridas u otras dolencias que interfieren en nuestros movimientos cotidianos.
La mochila fisiológica hace referencia al conjunto de carencias que vamos acumulando como consecuencia de una mala elección nutricional mantenida en el tiempo y un denostado estilo de vida. Esta situación provoca que una parte importante de los nutrientes esenciales se encuentre en niveles deficitarios. Vitamina D, ácidos grasos omega 3, magnesio, vitamina B12, zinc, hierro, vitamina C, cromo, yodo, ácido fólico, tiamina, entre otros, son algunos de los nutrientes que suelen escasear en un sector de la población que no cuida adecuadamente su alimentación. Como resultado, numerosas reacciones metabólicas dejan de funcionar de forma óptima y comienzan a aparecer signos como fatiga persistente, depresión del sistema inmunitario, apatía, inflamación, hinchazón, dolor articular y otros síntomas que no guardan relación directa con el peso corporal, pero que generan un notable malestar y deterioran la calidad de vida.
Con frecuencia, estos síntomas se atribuyen erróneamente a la edad, a alteraciones hormonales o al estrés laboral, cuando en realidad su origen se encuentra en una selección nutricional inadecuada, pobre en nutrientes esenciales, alta en productos inflamatorios y a un estilo de vida incorrecto. Esta carencia sostenida conduce a una ralentización de diversas vías metabólicas, a un desequilibrio de la microbiota y a un estado de aletargamiento mental que pasa desapercibido, pero tiene un impacto profundo en el bienestar general.
La mochila mental está relacionada con el estrés que vamos acumulando en el día a día, al que se suman la falta de un sueño reparador, el sedentarismo, el picoteo constante y el escaso contacto con la naturaleza. Esta carga, en muchas personas, termina siendo excesiva y acaba mermando la salud. El resultado es un estado de sobreestimulación crónico que agota progresivamente el sistema adrenérgico y favorece la aparición de ansiedad, fatiga persistente, inflamación y un progresivo deterioro cognitivo.
Una alimentación hiperpalatable ultraprocesada inflama el organismo y bloquea neuronas. El pensamiento negativo interfiere en la secreción de varios neuropéptidos generando depresión y ansiedad. El estrés crónico mal gestionado enferma nuestra fisiología y destruye neuronas. Un minuto de estrés muy intenso deprime el sistema inmune por un periodo de seis horas lo que predispone durante ese tiempo a una merma de inmunidad, al incremento de la tensión arterial, al desarrollo de las patologías cardiovasculares, a una reducción de los niveles de oxitocina y a la inducción del cáncer. Así que nos podemos imaginar lo que ocurre en quien vive con estrés crónico durante gran parte de su vida.
La falta de sueño deteriora la mente. El sedentarismo aplatana. El consumo de alcohol daña el cerebro, el hígado, el intestino y los órganos reproductores. El déficit de vitamina D reduce los niveles de serotonina y de varias hormonas anabólicas. Todo ello repercute en nuestra salud mental.
Y la forma en la que te levantas cada mañana, el tipo de mensajes que te lanzas, la “película” que decides representar cada día, los pensamientos que rumias, la manera en la que interpretas lo que te ocurre, suponen un peso importante que conforman la mochila emocional en la que tu actitud y tu forma de ser resultan determinantes para aligerarla o sobrecargarla. En gran medida, tú eliges cómo decides vivir. La química cerebral se nutre, se trabaja y se moldea, y es determinante en la salud emocional. La nutrición, el ejercicio, el descanso y la gestión del estrés ayudan, pero tu actitud es la que más influye en el resultado final y has de trabajarla a diario.
Si tuvieras que ponerle un peso, del 1 al 10, a la carga que te supone tu mochila física, ¿cuál sería? ¿Y a las otras tres? ¿Qué estás haciendo para aligerarlas? ¿Te ocupas de ellas a diario o dejas que sigan cargándose?
He aquí unos consejos que te ayudarán a llevar la mochila con mucha menos sensación de carga. En primer lugar existe un fármaco que reduce la ansiedad, mejora el estado de ánimo, la densidad ósea, la función muscular, regula las cifras de glucemia y de triglicéridos, equilibra la tensión arterial, aumenta la diversidad microbiana, favorece la salud cardíaca, segrega mioquinas y endorfinas, incrementa el metabolismo y revitaliza todos nuestros órganos. ¿Qué fármaco es? Supongo que lo sabes y se llama ejercicio, así que muévete más y usa una dosis adecuada a tu estado de forma y a tus limitaciones.
En segundo lugar, come mejor, muchísimo mejor. Una alimentación que cubra todos los nutrientes esenciales, que sea salutífera, antiinflamatoria, lipolítica, saciante, repleta de antioxidantes y materias primas constructoras de cerebros sanos y fisiologías fuertes.
En tercer lugar, llena tu armario de “camisetas” esperanzadoras (las del optimismo, la valentía, la empatía, la fortaleza, la alegría, la paz o la resiliencia) y ve retirando aquellas que te hacen daño (las de la tristeza, el miedo, la envidia, la ansiedad o la pereza). Al fin y al cabo, cada día es como el ensayo de una película, así que entrénate para elegir el papel que más te guste, con el que más cómodo te sientas e interprétalo lo mejor que puedas. Ah y que no se te olvide pintar los días de azul, verde, amarillo, naranja e incluso rojo, pero evita en la medida de lo posible los marrones, grises y negros. Y recuerda que todo se trabaja y que nada está sujeto al azar, aquí la suerte no existe.
La mochila se aligera cuando aprendes a soltar parte de tus cuatro cargas y eliges vivir según tus propias reglas. Ofrece sin esperar nada a cambio, pero nunca entregues más corazón del que recibes. Enfócate en lo que te llena, sé auténtico y fiel a tus principios, y haz lo que amas sin depender de la opinión de los demás. Cuídate más y nutre tu mente con buenas “materias primas” para tus neuronas y para la química cerebral que generan.
Evita el estrés inútil, cultiva la empatía y aléjate de personas tóxicas. Trabaja tu actitud, no te quejes y relativiza aquello que no puedes cambiar. Muévete, apuesta por hábitos saludables, reduce el tiempo frente al móvil, abraza más, motívate, duerme bien, juega, agradece lo que tienes, pasa tiempo al aire libre y practica la generosidad. Envíate mensajes positivos: así favorecerás un flujo equilibrado de serotonina, dopamina, oxitocina, endorfinas, acetilcolina, GABA, noradrenalina y otros neuropéptidos que contribuyen a una vida más plena, consciente y feliz.
No olvides que encontrar tiempo para lo que te hace bien no es un lujo, es una responsabilidad que merece su espacio en tu día a día. Y siempre que algo te haga daño, pregúntate por qué, afróntalo con honestidad y observa si está en tu mano evitar que vuelva a repetirse. Y si no es así, cambia de rumbo. Con paciencia, la mochila se va aligerando. Porque a veces, para avanzar, es necesario retroceder un poco, ampliar la perspectiva y actuar con valentía y determinación. No elegimos nuestro futuro, pero a través de nuestros comportamientos, pensamientos, hábitos y acciones, sí podemos acercarnos al destino en el que nos sentimos en paz.
En esta entrevista de televisión, puedes ver una explicación gráfica de todas estas cuestiones.
Javier Angulo Fernández

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