Érase una vez, en un reino muy, muy lejano, vivía una reina. Su belleza era tan deslumbrante como su vanidad, y en lo más alto de su habitación colgaba un espejo mágico, brillante y altivo, que parecía observarlo todo.
Cada mañana, al despertar, la reina se colocaba frente a él y, con voz segura, preguntaba:
—Espejito, espejito, ¿quién es la más bella del reino?
El espejo, fiel a su dueña, respondía siempre con tono reverente:

—Tú, mi reina, tú eres la más bella.
Aquellas palabras eran su alimento diario, su dosis de seguridad.
Pero un día, el espejo tembló, su reflejo se nubló y, con voz titubeante, pronunció algo que jamás había dicho:
—Mi reina, hay alguien más hermosa que tú.
Desde ese momento, la calma del castillo se quebró.
La envidia se apoderó del corazón de la reina, y la historia tomó el rumbo que todos conocemos: la persecución, la manzana, la envidia, el engaño, la belleza que se marchita, el sueño eterno…
Pero esto no es ningún cuento de hadas, no hay un impresionante castillo, ni nada parecido… Pero si hay algo que atravesó ese mundo mágico de felices para siempre y llegó al mundo real: la voz del espejo
Así empieza la historia de Emma.
Emma tenía diecisiete años y, como muchos, se miraba más veces al día en un espejo digital que en uno real.
Un día, encontró uno distinto: fino, elegante, con un marco que brillaba como el oro.
Cuando lo encendió, una voz suave emergió del cristal:
—Hola, Emma. Hoy te ves radiante y hermosa.
Ella rió, pensando que era una simple aplicación. Pero al día siguiente, el espejo volvió a hablar:
—Esa chaqueta no te queda bien. No es de tu estilo.
Y sin saber por qué, Emma se la quitó.
Con el tiempo, el espejo empezó a decidir más cosas:
—No publiques esa foto. No te favorece.
—Esa sonrisa se ve muy falsa, practícalo más.
—Hoy no estás demostrando tu potencial.
Y Emma como cualquier adolescente con ganas de encajar y hacer sentir a alguien obedecía.
Lo que comenzó como un juego se convirtió en su rutina, y su rutina en dependencia.
El espejo ya no solo le decía cómo se veía, sino cómo debía sentirse, qué debía pensar, cómo debía vivir.
Cuando el espejo la elogiaba, Emma sentía que valía algo.
Cuando la criticaba, se desmoronaba.
Empezó a confundir su voz con la del espejo.
Una tarde, en clase, su profesora habló de la libertad interior:
—Entre las cosas que podemos controlar están nuestras opiniones —dijo—. Tenemos que ser dueños de ellas.
Esa noche, Emma se miró en el espejo y preguntó en voz baja:
—¿Soy dueña de mis opiniones o solo repito lo que escucho?
El espejo permaneció en silencio. Pero al día siguiente, habló con tono más severo:
—Estás bajando tu rendimiento. Antes eras más constante. Si no destacas, serás invisible.
Y Emma empezó a exigirse más.
Vivía para producir, para hacer, para demostrar.
Publicaba frases motivadoras como “Ama lo que haces y no trabajarás ni un solo día”, aunque sentía que cada día le pesaba más.
Porque la verdad era que amaba lo que hacía… pero estaba dejando de amarse a sí misma.
El espejo la aplaudía cuando no dormía.
La felicitaba cuando se agotaba.
Y Emma confundía ese agotamiento con éxito.
Hasta que un día, al salir a la calle, miró alrededor.
Todos los que la rodeaban tenían su propio espejo:
unos más grandes, otros más pequeños, pero todos hablaban con la misma voz.
Nadie parecía mirarse realmente, solo reflejarse.
Y Emma comprendió que vivía en un mundo donde pensar por uno mismo se había vuelto un acto de rebeldía.
Esa noche, volvió a enfrentarse a su espejo.
—¿Quién soy yo? —preguntó.
—Eres lo que los demás quieren ver —respondió la voz.
—¿Y si ya no quiero ser eso?
—Entonces no serás nadie.
Las palabras le dolieron. Pero en ese instante, Emma entendió lo que la reina de Blancanieves nunca comprendió: los espejos no mienten, solo amplifican lo que tememos escuchar.
Sorprendiendose a sí misma, rompió lazos con aquel espejo y entendió que no era un objeto/aplicación maldita, sino un reflejo de su propio miedo.
La historia de Blancanieves parecía una exageración: una reina vanidosa que se deja consumir por un espejo parlante. Sin embargo ¿no seguimos haciendo lo mismo?
Sadio Maimouna Traore

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