Selección de microrrelatos escritos por alumnos y alumnas de 4º de ESO.
Se hizo justicia
No quiero volver a casa, pisar ese suelo, abrir esa puerta y mirar esos ojos. Esos ojos invadidos por el alcohol que siempre advertían de lo que iba a ocurrir, esas tardes en mi habitación con aquellos golpes y gritos de fondo que me llenaban de impotencia. Esos perdones sin sentimiento, esas lágrimas vacías y esas justificaciones sin razón, pero que eran suficientes para mantener, tal y como mi padre quería, nuestras bocas cerradas. Ahora ya, con el cuchillo en mano y su sangre roja derramada por el suelo, puedo decir, que por fin se hizo justicia.
Uxue Ayechu
Esta mañana me temblaban las manos mientras prendía el lazo morado en mi chaqueta.
No por miedo a él,ese miedo ya lo conozco de memoria,sino por lo que significaba ponérmelo : admitir que, por fin, quiero respirar.
Cuando llegué al instituto, me crucé con él.
Su mirada intentó atraparme, como siempre.
Pero esta vez no bajé los ojos.
-Se acabó ,susurré, más para mí que para él.
Y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que mi voz me pertenecía.
Eloy Sanz
En el cole, el 25N normalmente pasaba sin que Leo le diera mucha importancia. Pero ese año, la cosa fue distinta.
Al ir andando por el pasillo, notó los zapatos de color morado puestos en línea, cada uno con su nombre y un trocito de vida escrito. Se paró en seco. No eran decoración: representaban vidas que se habían apagado.
En clase la profesora pidió que guardáramos un minuto de silencio. Leo miró a sus amigas, pensó en su madre, y notó que se le cerraba la garganta. Hoy no es un día normal. Reflexionó.
Al irse, escribió lo siguiente en un papel que pegó en el tablón: Que ninguna otra historia acabe de esta forma.
Y por primera vez, comprendió que recordar también significa estar peleando.
Mathias Peláez
¿Y si nos escondemos?
La niña corrió y se escondió cuando su padre abrió la puerta principal, solía hacerlo, ya estaba acostumbrada a ello. Le decía a su madre “Mamá, mamá, escóndete conmigo, papá nunca nos encontraría” Su madre sonreía suavemente, como si hubiera aceptado que ya no había nada más que hacer, solo dar por hecho lo que tenía que soportar, ella solita había terminado en esa situación de todas formas. El hombre la había amado en algún momento, o eso era lo que ella repetía diariamente. Extrañaba sus abrazos cálidos y reconfortantes, ahora eso estaba roto, enterrado en lo más profundo, como si nunca hubiera existido.
Salomé Cuero
Una taza de té
Entrée en la cocina, y ahí estaba, “Pensaba que él lo iba recoger”, me dije a míi misma. La taza de té que le regalé en nuestro aniversario, hecha pedazos sobre el azulejo de la cocina. En el instituto siempre nos daban las típicas charlas sobre la violencia de género. A mi siempre me parecían absurdas, creía que nunca me iba a afectar y que mi novio nunca me iba a dañar. No, no es su culpa, es solo que viene muy cansado del trabajo. O tal vez sea yo, que no le quiero lo suficiente, eso es, yo soy el problema. Pero a la vez… No lo puedo soportar más, empezamos a vivir juntos hace poco y ya siento que esta casa poco a poco deja de ser mi hogar ¿Qué hago?, ¿Lo dejo y me voy con otro? ¿Llamó a la policía? Bueno, mejor recojo esto para que no se repita lo de ayer.
Matvii Kosenko
Todo estaría bien, o al menos eso es lo que él siempre decía, todos los días durante varios años llegaba enfadado del trabajo y exigía que la comida estuviera hecha, o lo haría enfadar más aún. mientras el agua caliente corría por sus manos al lavar los platos de la cena, no pudo evitar preguntarse: “¿Cuánto tiempo más tengo que aguantar esto?”. Su marido la había estado reteniendo en su casa desde hace un par de meses ya, impidiendo que ella socialice con nadie, ni siquiera con su familia. Excuso sus acciones pensando que solamente era inseguridad. Pero cada uno tiene un límite, y el suyo había sido superado hace ya mucho tiempo. El constante chantaje emocional que él usaba en su contra fue la gota que colmó el vaso, y la repentina conciencia que ella había ganado le hizo darse cuenta que ya no quería estar con él, pero tal vez, solo tal vez ya era demasiado tarde.
Paula Rodríguez
Hace ya un año de la muerte de mi padre. Realmente nunca me importó a nivel sentimental su presencia, tengo pocos recuerdos de mi infancia junto a él, tan sólo recuerdo cómo le pegaba a mi madre cuando yo era un niño. Como la escuchaba llorar al otro lado de la habitación y como a veces manchaba el suelo de sangre por las heridas y golpes que él le provocaba. Mi mujer y yo nos separamos hace cuatro años, era una mujer preciosa y me dejó dos niños muy parecidos a ella. Cuando vuelvo del bar por la noche y les miro a los ojos no puedo evitar verla, y me consume la rabia. Les hago daño, aunque luego me arrepiento y ellos me perdonan, se que no puedo seguir así. Les quiero más que a nada y no puedo permitirme seguir haciéndoles daño por el odio que tengo dentro. En mi cabeza le hecho la culpa a mi ex mujer, pero se que no es así. Tal vez no actuaría así si mi padre nunca lo hubiese hecho con mi madre cuando yo era un niño, pero yo si quiero cambiar, esa es la diferencia. Y pienso hacer lo necesario hasta conseguirlo, porque no merecen nada de lo que yo viví.
Lucía Otero
Esquina detrás del armario
Después del trabajo, camino lo más despacio posible y tomo la ruta más larga. No quiero volver a casa. Tengo que ponerme solo suéteres y cuellos de tortuga para que no se enfade. Nadie me cree, parece tan simpático.
Cada vez, tengo que esconderme en una esquina detrás del armario.No cabe ahí porque es enorme, tanto en altura como en peso, y el armario está atornillado a la pared, así que no puede moverlo. Después de llegar a casa, tengo 10 minutos para coger todo lo que necesito y esconderme en mi rincón. Cuando está en el baño, tengo tiempo para comer.
Pero si no tuviera tiempo para esconderme, el monstruo borracho puede golpearme muy fuerte, tirarme al suelo y batirme. No me toca la cara para que nadie note las señales de violencia. Tengo toda la espalda cubierta de cicatrices de cuchillo. No me matará porque entonces perdería su juguete. No sé qué hacer.
Alisa Skorkina
El pasillo se encoge
Cada vez que ellos aparecían, el pasillo parecía encogerse. Empujaron a Paula contra las taquillas y se rieron, como si el eco les aplaudiera. Yo lo vi todo, con los pies en el suelo y quieto sin reaccionar. Pensé en mirar mi móvil, fingir que no pasaba nada… como siempre.
Pero entonces Laura levantó los ojos. No dijo nada, solo me miró. Y en esa mirada había una pregunta que dolía más que los empujones.
Respiré hondo y dije – Basta – aunque la voz me tembló.
El pasillo volvió a hacerse grande. Y por primera vez, ellos fueron los que retrocedieron.
Arianne Santamaría

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