
El viento de Troya trae hoy un olor que solo yo reconozco, el de la madera seca que pronto será fuego. Es el peso de la verdad, una piedra que Apolo dejó en mi garganta después de escupir en mi boca el veneno de profecía. Me dio el mapa de los siglos, pero me quitó la forma de conectar con los demás.
—¡Quemad el caballo! —grité, y mi voz sonó en sus oídos como chillido de un pájaro enfermo.
Veo a mi padre, el rey Priamo, sonreír, creyendo que los griegos se habían ido. Veo a mis hermanos celebrar una paz que en realidad es como un paño que cubre a los muertos. Para ellos soy la loca que se arranca el pelo, la que arruina la fiesta, la que molesta con su ruido cuando todos quieren escuchar música. Saber lo que va a pasar es como morir poco a poco, es ver morir a la gente que quieres mientras ellos siguen riendo.
Cada cosa que digo es como una flecha que lanzo, pero en vez de oro, se convierte en humo al salir de mi boca. Sé quien es el soldado que matará a nuestro niño Astianacte, sé cuánto pesará el hacha que me espera en Micenas y sé a qué sabrá el hierro que me atravesará el pecho. No me sorprende mi destino, solo sé que una y otra vez pasarán cosas horribles que nadie quiere ver.
Troya duerme tranquila ahora, confiada en su victoria falsa. Yo me siento en el suelo frío y espero. No lloro por mi ciudad, lloro porque estoy sola sabiendo la verdad. Ser yo significa entender que lo peor no es ver, sino no querer ver porque la verdad es demasiado dura de asimilar. El peligro ya está aquí, solo falta que los demás abran los ojos para darse cuenta de que se queman.
Aroa Escudero Delgado

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