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Concurso literario en castellano

15 de mayo de 2026 Leave a Comment

Obras ganadoras


Modalidad relato, 1º y 2º ESO

Nuestro verdadero ojo

No muy lejos de mis recuerdos, pero sí más allá de mi escritorio, con mi taza de café negro, en ayunas, me lamento de un recuerdo, de lo que provocó en mí. 

En un pequeño pueblo al norte de Italia, concretamente en 1985, durante un simple verano, que parecía ser eterno como mis ganas de vivir, conocí a un chico joven. Limpiaba pescado y tenía unos ojos… vacíos.

Se me antojó una buena víctima para convertirlo en mi amigo. Poco a poco, en cuestión de días y comprando muchas gambas, me hice su amigo. Con lo que no conté es que cambiaría mi vida.

Aquel recuerdo, que me persigue cada vez que huelo el pescado fresco y el café recién hecho, me lleva a una tarde frente al río. Con la confianza de semanas, este joven me contó que ya no quería sentir, ni imaginar, ni recordar.

No te lo he contado, pero mi amigo, era víctima de sus raíces, de sus recuerdos borrosos, no tiene familia, solo se tiene a él; es un inmigrante, al cual le quitaron todo por alzar la voz, por querer expresarse. El joven tiene como apodo Hefestión. Huyó de su país, después de que le arrebataran la vida a su familia.

Hefestión me contó aquella tarde que estaba harto de tanto racismo, de tanta burla, de tantos golpes. Quería ser uno más ¿Uno más? me dije para mí mismo.

Alexander has sido muy tonto, ¿no te has dado cuenta? Hefestión solo quiere tener una voz, una vida sin conflictos, una vida donde no le condenen a la muerte. Quiere salir sin que la gente lo mire con prejuicios, no quiere escuchar aquellas voces, quiere no culparse por aquellas muertes. 

Lloramos toda esa tarde, porque él pudo hablar sin miedo y porque yo me sumergí en un mundo gris y realista. Mi mejor amigo de aquel verano me hizo darme cuenta que no debo juzgar a simple vista, sino mirar con el corazón, no dejar que la voz prejuiciosa que ronda por nuestra cabeza, nos vende el corazón, nuestro verdadero ojo. 

La verdad, no lamento este recuerdo, sino lo cobarde que fui al no ayudarle, al no estar allí, al no atreverme a escribirle una simple carta y pedirle perdón. 

No sé nada de Hefestión, tendría que tener alrededor de 55 años al igual que yo y, deseo con todo mi corazón y mi alma, que sea un hombre al cual escuchen y no callen.

Fiorela Brantes


Modalidad relato, 3º y 4º ESO

“Solo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos”

Antoine de Saint-Exupéry

A las ocho en punto sonó la alarma. 23 de abril. 

Estela abrió los ojos y tardó en moverse. No por sueño, sino por esa sensación rara que aparece cuando algo importante está a punto de pasar. Ese día, firmaba su libro. Su nombre estaría en cientos de portadas. Miles de sus seguidores esperaban ansiosos conocerla. 

Cogió el móvil casi sin pensarlo.

Las notificaciones se acumulaban: mensajes, comentarios, menciones. Personas que decían llevar tiempo esperando ese día, que ya tenían su ejemplar de: “Ser influencer no es tan fácil” preparado. Estela los leyó rápido, con una pequeña sonrisa, lo suficiente. No respondió a ninguno, nunca lo hacía. En su lugar, subió una foto del desayuno (incluyendo su café con hielo de cada día), el libro al lado y una frase de agradecimiento. Era lo esperado, lo correcto, lo visible… 

El resto del día, pasó muy deprisa, tanto que de un momento a otro ya estaba sentada en la mesa, preparada para gastar toda su energía firmando los libros de la gente que esperaba fuera. 

Durante la firma, con los nervios aún presentes, el tiempo empezó a volverse extraño. El bolígrafo se deslizaba una y otra vez sobre las primeras páginas del libro: una dedicatoria breve, una sonrisa ensayada, una foto y vuelta a empezar. La fila era interminable. 

Entre firma y firma, Estela solía mirar el móvil. 

Ramos de flores llenos de rosas rojas, tulipanes, girasoles y todo tipo de flores. Fotos y parejas perfectas con mensajes como: “El mejor novio” o “Gracias por sorprenderme así”, se repetían continuamente en su pantalla. 

Bloqueó la pantalla con un gesto seco. 

Todo lo que había querido estaba allí: su mesa, una torre de libros, su nombre en una pancarta grande detrás de ella… pero le faltaba él, él no había venido. 

Su móvil sonó: “Lo siento, hoy se me ha complicado. Luego hablamos.”

”Luego hablamos”. Estela repitió esas palabras en silencio mientras levantaba la vista y sonreía a la siguiente persona. Estaba tan centrada en lo que acababa de leer que, sin darse cuenta activó el modo automático: firmar, sonreír, entregar; firmar, sonreír, entregar. 

Hasta que algo interrumpió sus pensamientos. 

Dos siluetas caminaban despacio entre la fila con respecto al resto de la gente. Una chica joven sujetaba con cuidado el brazo de una mujer mayor. No había prisa, solo cuidado. La mujer miraba alrededor con una mezcla de curiosidad y confusión, como si no entendiera dónde estaba en ese momento. Algo en el interior de Estela le decía que era algo habitual en su rutina, por el comportamiento tan natural de la joven. 

Cuando llegaron a la mesa, la chica explicó que el libro era para su abuela, María. Ella asintió y abrió la primera página, aunque algo en la escena la obligó a parar un instante. La mujer no reaccionó al oír su nombre. Sus ojos se perdían en detalles ajenos, como si lo esencial no estuviera a su alcance. 

La chica habló con naturalidad y expresó que había días en los que su abuela no se acordaba ni de lugares, ni momentos. A veces, ni siquiera se acordaba de ella, su propia nieta. Y, sin embargo, lo decía con una sonrisa y una calma que Estela no pudo ignorar. Era como si la joven hubiera aprendido a aceptar una forma distinta de querer. 

Estela sintió que algo dentro de ella se movía, y entonces ocurrió. 

La mujer levantó la mano lentamente y la apoyó sobre la mejilla de su nieta. Un gesto torpe, casi frágil… pero este estaba lleno de una intención que no necesitaba palabras, y mucho menos memoria. La chica cerró los ojos y sonrió, como si en ese instante estuviera todo lo importante. 

Estela dejó de pensar en las flores. Terminó la dedicatoria sin releerla y, cuando levantó la vista, ya se estaban alejando igual de despacio que como habían llegado.

La fila continuó avanzando. Más nombres, más firmas, más sonrisas, pero algo había cambiado. Esta vez, cuando Estela volvió a coger el móvil, las publicaciones seguían ahí; brillantes e impecables. Las miró unos, y, por primera vez en toda la tarde, no sintió nada. Lo dejó boca abajo sobre la mesa. 

Al terminar la firma, cuando la gente empezó a irse a otros puestos llenos de libros y el ruido se hizo más lejano, lo encendió de nuevo. Había un mensaje. “Lo siento. No he podido estar, pero he pensado en ti todo el día. Sé lo importante que era hoy. Estoy orgulloso de ti.”

Nada más. Ninguna imagen, ningún ramo. 

Solo eso. 

Estela se quedó mirándolo en silencio. Pensó en la mano temblorosa de la señora sobre la mejilla de su nieta, en esa sonrisa invadida de paz, y en el cariño que seguía existiendo entre ellas a pesar de todo. 

Había pasado demasiado tiempo buscando pruebas visibles, señales claras, detalles materiales. Y quizá, había olvidado mirar de otra manera. Entonces, recordó todas las veces que su pareja había estado cuando nadie miraba. 

Guardó el móvil. 

Al salir, la calle estaba llena de gente y de flores. Estela pasó entre ellas sin detenerse. Por primera vez, no necesitaba ninguna. Todo lo que importaba era invisible, pero allí, en silencio, sostenía su corazón. 

Finalmente, se dio cuenta de que lo difícil no era ser influencer, sino ser una persona en pleno siglo XXI.   

Míriam


Modalidad relato, 1º Bachillerato

El futuro es mío

Me aburro. No soporto más la voz monótona y apagada del profesor de literatura. Recita versos incomprensibles y sin sentido alguno. Intento centrarme en su cicatriz, a ver si el tiempo pasa más rápido. Es una cicatriz que le atraviesa la cara, pero no impide que parezca ridículo e inofensivo. Oigo cómo dice que deberíamos tomar nota, así que paso la mano por la parrilla del pupitre en un movimiento involuntario, como una costumbre. Entonces, toco la superficie áspera de un papel. Eso no estaba ahí. Conozco perfectamente mi parrilla, cada uno de sus centímetros. La tengo ordenada de manera escrupulosa y me percataría al instante de cualquier variación. Estoy segura de que este papel amarillo y áspero no estaba ahí. 

Me oculto tras la espalda de Amanda y de la ropa holgada de colores pálidos que lleva siempre:

“25 de marzo de 1986

Estimada Lola:

Te escribo desde un pupitre verde, con el miedo de que el profesor me descubra.

Sé que suena extraño, pero anoche soñé que dentro de cuarenta años estarías sentada en este mismo pupitre, aburrida en la clase de literatura, con unos pantalones de parches y esa cadena en forma de herradura que cuelga de tu cuello. Te estaré esperando en la página 166 de Proverbios y cantares.

Tuyo, J”

–¿Puedo ir al baño?– pregunto levantando la mano.

–Ya sabes que sí– me responde con su voz apagada.

“El ojo que ves no es ojo porque lo veas, es ojo porque te ve”, recita ahora, mientras cierro la puerta y me dirijo hacia la biblioteca.

Camino mientras froto el colgante en forma de herradura que cuelga de mi cuello y bajo velozmente la mirada para observar mis pantalones de parches. Me fijo en las pintadas que cubren las paredes del pasillo y entre garabatos irracionales y caricaturas de profesores leo uno de los grafitis: “el futuro es mío”.Alguien hace 40 años soñó el futuro de una chica. Alguien que firma “J” y describe el mismo pupitre, los mismos pantalones y el mismo colgante que llevo. Empujo la puerta de la biblioteca y busco el libro con las manos temblorosas, la boca seca y una sensación de fatalidad.

Por fin lo encuentro. Las páginas parecen estar a punto de rasgarse. El papel es amarillento y áspero. Leo: “el ojo que ves no es ojo porque lo veas, es ojo porque te ve”. Y al lado, una foto en blanco y negro fechada un 25 de marzo de 1986. Reparo en la mirada del chico hacia la chica, idéntica a mí. Y en la cicatriz de él, una cicatriz que le atraviesa la cara  pero no impide que parezca ridículo e inofensivo. “Ya te dije que te estaría esperando”, aparece escrito detrás de la fotografía.

Telma Gastón



Modalidad: poesía 1º y 2º ESO

Por mucho que la gente diga

Por mucho que la gente diga

que los ojos son esenciales para la vida,

lo que importa realmente,

es lo que te hace hablar, conocer y amar a la gente

El corazón te hace ver,

por mucho que no lo creas,

te hace ver lo que la gente encierra,

lo que la gente encierra dentro de su alma,

que eso suele ser mucho, mucho amor, 

pero también mucho dolor.

Eso te hace entender,

lo que los ojos no pueden ver, 

eso te hace sentir,

lo que la gente siente por ti.

Si nunca lo has podido ver,

inténtalo otra vez,

porque, aunque no lo hayas visto,

o no lo hayas sentido,

siempre está allí,

esperándote a ti.

Por mucho que no lo veas,

por mucho que no lo sepas,

por mucho que no lo creas,

hagas lo que hagas,

aunque juzgues a un libro por su portada,

siempre el corazón,

va a ser el que tenga más razón.

Irai Martínez


Modalidad: poesía 3º y 4º ESO

 TÓPICOS

¡Vita flumen!

dicen algunos,

pero yo me río,

porque a mí me gusta estar estancada

y quieta, contemplar

la luna plateada.

O esperar,

esperar a que el sol brille,

brille por su ausencia,

y entonces cantarle a la luna de fresa

que la vida,

si es un río,

tiene pozos y cascadas,

y que al final,

le canto,

se está bien estancada.

No te mentiré, Luna,

te golpearán las piedras en la espalda

pero subirás al cielo

y te crecerán las alas

A veces, a mí también,

la corriente me arrastra,

y veo el agua marrón

¿Qué haré, Luna,

cuando ya no vea el sol?

¡Vita flumen!

dicen algunos

pero no sé yo.

Mireia Ruíz


Modalidad: poesía Bachillerato

LO INVISIBLE

Me enseñaron a mirar,

pero no a comprender.

A contar sonrisas

como si fueran verdades,

a creer que lo visible

era todo lo que había.

Pero yo aprendí pronto

que el dolor no siempre hace ruido,

que se esconde en las grietas

de una sonrisa mal cosida.

Yo fui esa chica

que se hacía pequeña en los pasillos,

la que guardaba tormentas

detrás de ojos secos.

Nadie vio las piedras en mi pecho,

ni el invierno instalado en mis costillas,

porque lo esencial nunca grita.

Y tú…

Tú te fuiste en silencio,

como se apagan las estrellas 

cuando nadie está mirando.

Desde entonces entendí 

que los ojos llegan tarde,

que no ven lo que pesa 

ni lo que se rompe por dentro.

Solo el corazón distingue 

las cicatrices invisibles,

solo el corazón escucha 

lo que nadie se atreve a contar.

Solo el corazón sabe 

que “estoy bien”

a veces significa 

“me estoy cayendo”

Yo también estuve ahí, 

al borde de mí misma,

con el mundo derrumbándose 

en cámara lenta.

Pero me quedé.

Me quedé 

aunque doliera,

aunque ardiera,

aunque nadie lo notara.

Y ahora nombro lo invisible,

lo que incomoda,

lo que el mundo prefiere no mirar.

Porque sobrevivir 

también es alzar la voz.

Y lo esencial,

lo verdaderamente eterno,

no cabe en los ojos:

Late, 

solamente late.

Naroa Jiménez Pinto

Filed Under: Espacio literario, Número 5

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